martes, 27 de diciembre de 2011

El Crucero

Nada era lo que parecía. Yo, Augusta de Valmenta, morena clara y de ojos azules (como mi padre que es medio ingles, medio italiano) , debía comenzar a trabajar.¿Porqué? Sencillo. Mis padres, siguiendo una muy antigua tradición familiar, habían decidido que sus hijos, para merecer la muy jugosa herencia de la abuela Ligia, debíamos aprender a valorarla.

Probé de todo: cocinera, modista, actriz,...La cocina no se me dio mal del todo. Pero un día fue a comer al restaurante donde yo trabajaba  un alto mandatario de otro país, un senador o un embajador creo, que se enfermó cuando probó lo que cociné. Obviamente yo no tenía ni idea de que el tipo era alérgico al marisco.

Con lo de ser modista, bueno... todo bien hasta que tuve que hacer un vestido de novia a una muchacha que, ademas de tener 20 kilos de más, se casaba “de penalty”. Hice lo que pude, como mejor sabía,lo juro... pero la madre de la novia en cuestión era una histérica que con nada estaba conforme, tuvimos nuestras diferencias, y una que tiene su carácter, pues...le dije a la buena señora una o dos verdades que no le gustaron para nada. El resto es cosa de echarle imaginación.

Con mis otros “trabajos” pasó mas o menos lo mismo. Todo perfecto hasta que pasa algo que acaba con mi paciencia y mis nervios. En fin. Nada resultó,hasta que me gané un concurso donde el premio mayor era un crucero de una semana por El Mediterráneo, gracias a una empresa especializada en viajes por el mar.

Ahí estaba yo, toda feliz y dispuesta a disfrutar el viaje. El problema... en mitad del viaje, y como si fuese la “vendetta” de alguien al que debí hacer mucho daño en alguna vida anterior, me enteré de que el bendito crucero no era “a gastos pagados”. Sí. Así mismo, tal y como lo cuento. Al tercer o cuarto día me pidieron que pagara mi cuenta y, puesto que no tenia dinero encima, dijeron que debía pagarla con trabajo.

Por suerte recordé que, cuando niña mis progenitores decidieron inscribirnos a sus hijos(mi hermano Ernesto y una segura servidora) en clases de música. Gracias al cielo nos dieron opción de elegir que instrumento queríamos aprender a tocar. Mi hermano Ernesto dijo que los bongos, el muy flojón....yo, en cambio dije que el piano.

Como es de comprender dije que de acuerdo, que para pagar mi cuenta, y si no había inconveniente, sería la pianista del crucero. Después de mirarse entre ellos como diciendo “esta está de broma¿o que?” accedieron... pero con la condición de que me pondrían a prueba esa misma noche durante la cena y si no gustaba ellos seguían con su ruta, pero yo me quedaba en el primer puerto que encontraran a la vista.

Y una de dos, o diosito me amaba mucho, o la diosa fortuna me sonreía. Me explico: Interpreté un poco de todo. Algo de música clásica, algo de pop romántico y suave, y algunas de las canciones que compuse cuando descubrí que la música me gustaba más de lo que nunca llegué a imaginar.

Para ser honesta mi interpretación gusto muchísimo. Tanto que al acabar la velada, cuando me dirigía al camarote el capitán me paró para felicitarme y para ofrecerme un puesto como pianista fija a bordo de ese mismo barco. Acepté y ahora soy pianista. Mis compañeros de trabajo en el crucero me llaman  “marquesita”, algo que ni me agrada ni tampoco me disgusta, pero, en general, llevo la vida que siempre soñé: trabajo en algo que me gusta, viajo por todo el mundo, conozco a mucha gente y, puede decirse que gracias a aquella empresa de turismo naval, encontré a mi otro yo, mi alma gemela y ahora esposo Sebastien.

En cuanto a la fortuna de la abuela Ligia, decidí que , salvo algunos objetos personales de la “nona” que siempre me gustaron mucho, gran parte de esta fuese a las manos de mi hermano.